Soy Sepu Sepúlveda.
No ocupo el escenario: lo provoco.
Mi territorio es el teatro, pero mi lenguaje no entiende de fronteras. Actúo, dirijo, escribo, enseño y construyo universos donde la palabra, el cuerpo, la luz y el silencio dialogan con la misma intensidad. No interpreto historias: las invoco.
Creo en un teatro que incomoda, que seduce, que sacude. Un teatro que no busca respuestas, sino preguntas capaces de permanecer mucho tiempo después del aplauso. Cada creación es un riesgo; cada montaje, un territorio por conquistar.
Dirijo desde la intuición y la precisión. Diseño espacios donde la escenografía respira, la iluminación revela lo invisible y el actor se convierte en el centro de una experiencia irrepetible. También encuentro en el lenguaje audiovisual otra forma de expandir la escena, llevando esa misma pulsión creativa al cortometraje y a nuevos formatos.
Junto a Rita Cebrián fundé Lomáscrudo Teatro, un laboratorio de creación donde la poesía deja de ser literatura para hacerse materia, imagen y acción. Un lugar donde la belleza convive con la crudeza, donde lo visual no ilustra el discurso: lo impulsa.
Mi formación en la RESAD y el encuentro con maestros como Jorge Eines (mi mentor), Juan Carlos Corazza, Cristina Rota, Antonio Fava, Eugenio Barba o Matilde Fluixá no definieron un destino; abrieron un camino. Un camino de investigación permanente en el que cuerpo, emoción y pensamiento se funden en un mismo acto creativo.
No persigo la perfección. Persigo la verdad. Esa que solo aparece cuando el arte deja de representar la vida para convertirse en vida.
Soy un creador inquieto. Un artesano de lo imposible. Un director que escucha, un actor que arriesga, un pedagogo que comparte y un dramaturgo que sigue haciéndose preguntas.
Mientras exista un escenario vacío, una idea por desafiar o un espectador dispuesto a mirar de otra manera, seguiré creando.
Porque esta no es solo mi profesión.
Es mi forma de estar en el mundo.

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